Budín de plátano, para un corazón simple


No es necesario que ocurran sucesos duros para que el corazón termine extenuado. La felicidad puede dejarnos pidiendo chepa, sintiendo que necesitamos papel secante emocional, un día sin sobresaltos, sin sentir que somos una copa de la que rebalsa el vino. 

Decidí pasar una temporada en mi ciudad natal. En verano, en Cusco llueve, y quería que los niños gozaran del verano limeño, además de aprovechar dentistas y parques y demás beneficios de la gran ciudad. El proyecto está demostrando ser un éxito. Los niños viven en ropadebaño, salen de la piscinita tiritando, se ponen buzo, bajamos a comprar un helado al malecón. Yo aprovecho para ver a mis amigos adorados, y disfruto de pensar que necesito comprar algo y puedo caminar doscientos metros y encontrarlo. Y de paso, toparme con alguna tiendita de tés manejada por gente bella, al lado de una pasamanería que está en el mismo sitio desde hace 23 años, y luego con una amiga que me abraza en la cola del supermercado. Dentro de todo esto, un reencuentro con mi comadre, que está experimentando una metamorfosis en el corazón, una amiga que está manejando las incongruencias entre lo que siente y lo que ve, mi padre en su convertible blanco y guantes de cuero llevándonos por la ciudad en busca de delicias orientales, mi Nonna, amorosa con su vestido azul y a la que hay que hablarle con dicción clara, mi Mamama, que nos explicó con paciencia a mi tío y a mí que todas nuestras preocupaciones apocalípticas con las que estábamos intentando convencerla de no ir al evento del Papa eran conjeturas, y que tal vez en lugar de que todo fuera espantoso ese día todo podría ser tranquilo y cómodo. La cereza de este gigantesco sundae ha sido el inesperado encuentro con mi hermano, que no veía desde hacía cinco años y que me ha sorprendido con su cariño redoblado y la experiencia que le ha dado la vida.

Lima, en otras palabras, está resultando ser una montaña rusa emocional y siento la tentación de hacer un paréntesis, de encontrarme mágicamente por unas horas en mi casa en el campo, con un pañuelo en la cabeza y el mandil sobre la ropa, sirviendo una copa de vino para el esposo cuando llega a casa. Necesito por un momento sentir el corazón simple.



Tal vez estaba previendo esto cuando preparé todo lo necesario para esta entrada el día antes de viajar a Lima. Esta receta está hecha con el más prosaico de los ingredientes principales: el plátano mosqueado. Ese plátano que ya nadie se quiere comer, que incluso puede tener la cáscara negra, pero que en el interior guarda un puré de sabor profundo, en el que los azúcares han llegado a su máximo desarrollo. El resto de los ingredientes es igualmente simple: yemas, azúcar rubia, mantequilla. El resultado es hermoso: un sabor tan reconfortante como aromático, una textura firme y sedosa. Mis hijos se ponen felices cuando esto es lo que hay de cena. A mí me encanta prepararlo. Tal vez porque son solo minutos frente a la olla, también porque esos minutos son un festín para mis sentidos: el olor de la mantequilla mientras de derrite, el color de sol de la mezcla en los pocillos. Y porque es el mejor uso para una fruta que ya nadie quiere comer, pero que tiene un potencial espléndido. Es solo cuestión de darse cuenta de lo que está debajo de la superficie.



Budín de plátano

Para 4 porciones

4 plátanos muy maduros
4 yemas
120 g (1/2 tz) de mantequilla con sal
120 g de azúcar rubia
4 cdtas. zumo de limón 

Pela los plátanos y cháncalos en un tazón con un tenedor. 
En otro tazón, no muy grande, bate las yemas ligeramente.
Derrite en una ollita la mantequilla. Añade el zumo de limón y el azúcar. Remueve, con una cuchara de madera o una espátula de silicona. Añade los plátanos. Cocina a fuego medio, removiendo, hasta que la mezcla hierva. Vierte un par de cucharadas de la mezcla caliente en el tazón de las yemas y remueve. Añade esta mezcla de yemas temperadas a la olla. Cocina, removiendo sin parar,  solo unos minutos, hasta obtener el famoso punto napa: cuando pasas un dedo por el dorso de la cuchara, debe quedar un surco definido. (ADVERTENCIA: Si cocinas más tiempo que el necesario, terminarás con huevos revueltos y plátano.)
Retira del fuego y vierte en una licuadora. Tapa y licúa hasta que la mezcla esté uniforme y sedosa, sin grumos de plátano. Vierte en pocillos. Deja entibiar unos minutos y lleva a la mesa. También es exquisito frío; en ese caso, cubre con film y guarda en el refrigerador.

Notas

* La receta se puede adaptar, según la cantidad de plátanos madurísimos que tengas. Las proporciones son: 1 plátano x 1 yema x 2 cdas. (30 g) de mantequilla x 1 cdta. de zumo de limón x 30 g de azúcar rubia. 
* Este budín puede convertirse también en el relleno de una tarta. En ese caso, usa un poco más de azúcar (unos 50 g por plátano).
* Originalmente, la receta es un curd de plátano; es decir, es una conserva, que se puede guardar en un frasco en el refrigerador un par de semanas y utilizar según lo que quieras. En ese caso, al igual que en el caso de que lo uses para una tarta, usa más azúcar.

Nota especial

Buscando qué hacer con los plátanos, encontré varias recetas. En este caso, no vale la pena ponerlas todas porque la única que realmente funcionó fue la de The Faux Martha. La he adaptado ligeramente. Está aquí:






Manzanas en vino tinto - Fiesta en una despensa vacía



Es curioso cómo los occidentales hemos partido el solsticio de invierno en tres. Los 21 de diciembre, que es el solsticio de verano para nosotros, mi padre organizaba una gran celebración; venían todos sus amigos hasta el entonces lejano y desértico Monterrico, a su terreno con una cabaña de techo verde hexagonal, trayendo todo lo que del año que se iba querían convertir en fuego. Llegaban y encontraban un camino marcado por antorchas que conducía a una enorme fogata, donde sillas torcidas y cartas de desamor y maletas rotas eran envueltas en llamas, la vejez y los malos recuerdos transformados en calor, luz, destellos que volaban hacia el cielo, ese cielo de Lima que todavía no estaba invadido por la electricidad, en el que de cuando en cuando irrumpía un relámpago varios segundos después de un trueno lejano. En torno al fuego, risas y vino tinto, una saturnalia civilizada, o al menos lo era antes de que me quedara dormida en mi sleeping bag en la sala, la cara manchada de comida, la fiesta arrullándome alrededor.

Hoy en día quedan en nuestra psique colectiva solo los rezagos del solsticio planetario, que en el hemisferio norte marca la noche más larga del año, ese momento en el que parece que no hay salida posible a la dificultad; el momento en el que más es fundamental que nuestro temple no flaquee. Ya no es esa la fiesta central de esta parte del año; en cambio, se ha diluido en Navidad y Año Nuevo. El 24, cansados pero felices de haber logrado un año más hacer la Navidad, llenar la mesa de delicias y un pino verdadero de belleza, le expliqué a mi hija por qué es importante todo este trabajo. Le relaté los orígenes cósmicos y agrícolas de esta fiesta y por qué la mesa llena de comida, los regalos, la siempreviva en la sala, son un acto de fe. Mi esposo volteó a mirarme sorprendido al escucharme decir esa palabra; no creemos en una divinidad creadora. Profundicé la idea; es un acto de fe en que por más oscuras que sean las noches, por más que este tiempo represente el temor a quedarnos -como grupo humano- sin comida, sin sustento, tenemos la determinación y la seguridad en que juntos, mediante la solidez de nuestro amor, podremos sobrellevar lo que sea. Ese es para mí un ejercicio cada Navidad. Es una práctica.



Claro que la devoción con que nos entregamos a la Navidad hizo que nos quedáramos con la billetera escueta hasta fin de mes, y lo digo sin vergüenza; pagamos gratificaciones, compramos regalos a los hijos y lo necesario para la cena navideña y los lonches de Adviento, dimos a manos llenas. Así que ayer me senté a planear la cena de Año Nuevo y el primer desayuno del año en base a lo que tenemos, a lo que es posible. No fue difícil, porque una de las cosas más invalorables que me ha dado aprender a cocinar es la flexibilidad. Tenemos un delicioso embutido catalán que nos trajeron mis cuñados, prepararé pan, la cena será un Welsh Rarebit con un cheddar, que compramos en un arranque de emoción, en lugar de la fondue de queso que solemos preparar, y haré un paté de higaditos de pollo para el desayuno del 1 de enero. El postre era lo que me rompía la cabeza, así que pensé un poco. Nos quedaba casi una botella de un vino tinto que nos trajo un invitado a casa hace un tiempo; la abrimos hace unos días para hacer la col roja de Navidad, y luego la cerré con cuidado y la guardé en la refrigeradora. Así que pensé que podría hacer unas peras al vino tinto. Pero esta semana la lista del mercado tendría que caber en los dedos de una mano, así que busqué una alternativa. Teníamos todavía muchas manzanitas verdes, de las que compramos para el puré de manzanas y para la tarta que he decidido es nuestra nueva tradición. Investigué un poco y descubrí que es perfectamente posible pochar manzanas en vino tinto. Como diría Rafael Osterling, el cocinero peruano que más admiro, "es lo que hay". Es nuestro solsticio partido el que hace que diciembre sea un mes de gastos sin parar, pero por otro lado me gusta la idea de terminar el año sacándole el jugo a la despensa. Es el equivalente culinario a deshacerme de tantas cosas que tengo en casa que desordenan el espacio emocional.



Estos días son difíciles para mi país. Es, en efecto, una noche oscura. Precisamente ahora es cuando más esfuerzo debo poner en la belleza, en el placer, en el amor. Porque lo que el cosmos nos ha enseñado desde que nuestro planeta empezó a girar en torno a una estrella es que la noche más larga indica, invariablemente, el inicio de un tiempo mejor.

En estos años he aprendido también que los nexos que nos unen a otras personas pueden ser más sólidos que las convicciones. Hay miembros de mi familia extendida cuyas creencias religiosas y cuyas inclinaciones políticas son diametralmente opuestas a las mías. Antes eso habría sido para mí un repelente, como de hecho lo era, y como de hecho lo era para ellos mi vida tan alejada de las convenciones sociales. He aprendido, sin embargo, que la vida es algo valioso y que nuestro tiempo en estos cuerpos que tenemos es limitado, y he decidido aprovechar la vida de quienes quiero, y mi vida propia. Por eso, nos queremos mutuamente, sin intentar convertirnos unos a los otros, porque reconocemos en el corazón del otro una chispa de ese cariño antiguo que nos permite vernos con la luz amable del amor. En mi mesa siempre habrá lugar para quienes estén dispuestos a amar sin imponer su modo de ver la vida, poniendo por delante el corazón. No hay nada que cambiar ahí. Es lo que hay. Es más que suficiente.




Manzanas en vino tinto

Para 4 comensales

8 manzanas chicas, o 12 pequeñitas
1 botella de vino tinto
1 tz de agua
1 1/2 tz de panela
1 anís estrella
1 rama grande de canela
2 clavos de olor
1 grano de pimienta negra
1 grano de pimienta blanca

Es importante que las manzanas tengan aproximadamente el mismo tamaño para asegurar una cocción uniforme.
Coloca sobre papel manteca la tapa de la olla mediana que usarás. Delinea el contorno con un lápiz y corta el círculo. Recorta un hueco al centro.
Lava las manzanas, pélalas y resérvalas en un tazón con agua para que no se oxiden. Pon la mitad de las cáscaras de manzana en la olla, junto con el vino tinto, el agua, la panela y las especias. Calienta sobre fuego medio, removiendo con una cuchara de madera, hasta que la panela se haya disuelto. Cuando la mezcla esté caliente, añade las manzanas peladas.
Cúbrelas con el circulo de papel manteca. (No tapes la olla con la tapa. El círculo de papel sirve para mantenerlas cubiertas con el vino; es extraño, pero funciona.) Cocina hasta que las manzanas estén completamente cocidas, unos 20 a 25 minutos, dependiendo del tamaño. Comprueba la cocción pinchando una manzana; debe estar suave hasta el centro. Retira las manzanas con una espumadera. Colócalas en un frasco. Retira las cáscaras de manzana y las especias. Lleva a ebullición la mezcla hasta reducirla, pero no tanto que no vaya a cubrir las manzanas, si es que no las servirás ese mismo día. Vierte el sirope sobre las manzanas en el frasco, ciérralo y una vez que enfríe conserva en el refrigerador hasta una semana.
Al momento de servir, reduce un poco más el sirope. Si prefieres que las manzanas estén tibias también, caliéntalas en el sirope unos minutos. Sirve las manzanas bañadas en sirope, y, si quieres, sobre una camita de yogurt griego o crema de leche batida apenas.



Bibliografía

Leela Cyd - Chianti poached apples in wine with labneh and toasted walnuts

Felicity Cloake - How to make the perfect poached pears

David Lebovitz - How to make poached pears

Peony Lim - Red wine poached plums

NOTAS (29/12/2017)

1. Al probar una receta nueva, por lo general investigo en mis libros y en la red, leo, pienso y recompongo lo que he encontrado con lápiz y papel, añadiendo o quitando algún que otro paso o ingrediente. No uso limón, como recomiendan algunos, y usé un poco más de panela que la que usan otros. Pero en este caso, mi principal aporte fue el siguiente: mientras pelaba las manzanas, el aroma que emitían las cáscaras era demasiado impresionante como para tirarlas a la compostera. Así, decidí usarlas, como las especias, para infusionar el sirope de vino. El olor y la discreta acidez que aportaron es, a mi parecer, fundamental. De nada.

2. El día que posteé esto sentía cierta premura, tal vez cierta angustia, de esa que solo se disipa con la creación y el compartir, y no revisé bien un dato principal. La versión original de este texto consignaba el solsticio de diciembre como la Fiesta de San Juan. Mi querida abuela Suzanne, increíblemente versada en el calendario y sus festividades, me hizo notar que San Juan se celebra en el otro solsticio, el 24 de junio. Aunque el de diciembre viene a ser para nosotros equivalente, ya que es nuestro verano, como para Europa es verano en junio. La versión actual omite la mención errada a la Fiesta de San Juan. Posiblemente mi padre me diga que sus fiestas eran el 24 de junio, no en diciembre. Así de volada soy a veces. Pero de lo que sí estoy segura es de esas poderosas fiestas de solsticio, indelebles en mi memoria.

Marzipanstollen



Como cuando llegas a un lugar por primera vez y sientes que de ahí vienes, que has vuelto a tu hogar, aunque nunca antes hayas puesto un pie ahí. Eso sentí la primera vez que probé el stollen, un pan dulce navideño alemán: que en mi corazón alguien acababa de encender una chimenea con leños del árbol de mi infancia. Ha pasado más de una década y sigo sorprendida de haber sentido nostalgia de algo que nunca había conocido. Les he contado que fue en las semanas antes de Navidad que mi esposo llegó a mi vida para quedarse, y que llegó cargado de los tesoros de su Navidad alemana, que tiene todavía visibles sus raíces paganas y las medievales, con sus siemprevivas y sus dulces que duran largo tiempo y sus velas. Cuando Frank me dio una rodaja de stollen -preparado cada año por la mamá de una amiga suya- la miga densa y especiada, la cobertura de un blanco dorado y opaco, los frutos secos, me hicieron entender que ese era mi lugar en el mundo. A su lado.



Con el tiempo, y a medida que crecía mi confianza, empecé a pensar que tal vez yo también podría hacer stollen. Me tomó años, en los que probé innumerables recetas y ensayé innumerables iteraciones hasta desarrollar mi propia receta. La raíz está en una receta del libro Sugar Baby, de Gesine Bullock Prado (sí, la hermana de Sandra; tienen madre alemana), pero la he modificado incansablemente hasta obtener mi versión ideal del stollen: un pan compacto, cargado de sabor, texturas y de aroma. Lleva corazón de mazapán, al estilo de Odense, y como vivo en un valle, lejos de tiendas y supermercados, esta vez tuve también que preparar mi propia azúcar impalpable. Este es un stollen hecho desde cero, y me ha encantado prepararlo para ustedes porque esa tarde toda la casa olió a especias y a masa dulce, y tuvimos un lonche navideño a media semana, que es algo así como meter la mano en el bolsillo de un pantalón que está del revés antes de ponerlo en la lavadora y encontrar un billete doblado en cuatro.



Esta receta, advierto, es para cocineros de espíritu atlético. Toma tiempo hacer el mazapán, picar los frutos secos, amasar, rellenar, formar, hornear, montar. Por esto, sugiero separar un día entero, para poder disfrutar el proceso: tener el tiempo de oler las pasas remojadas en pisco, el aroma de la nuez moscada mientras la rallas, el asombroso olor de la cáscara de limón. (El mazapán, por cierto, se debe hacer el día anterior.) Este es uno de esos postres que son una experiencia tanto para el cocinero como para el comensal. Hacer stollen es laborioso, como todo lo que verdaderamente vale. Con Frank tenemos ya once años de felicidad doméstica -jamás domesticada, y lejos de ser perfecta, porque ni la vida ni mucho menos el amor lo son- y aunque ya he aceptado que sí, que esto es posible, y que sí, este es mi lugar, siempre estaré asombrada de mi fortuna de conocer a quien guardaba el mapa a mi lugar de origen, ese al que nunca había ido. "Podría jurar que conocía tu amor antes de saber tu nombre", canta Lucinda Williams. "No estaríamos aquí si yo hubiera tomado una decisión diferente en una fracción de segundo", me dijo Frank la otra noche, después de ver una película sobre viajes en el tiempo y sobre cuán esquivo puede ser el amor. Y yo entendí ese "aquí" como todo: nuestra casa en el Valle, nuestros dos hijos durmiendo plácidos en sus camitas, mi hijo mayor que lleva tanto de él, nuestras vidas en el mundo de la música y la cocina, nuestras noches abrazados en el sofá, yo quedándome invariablemente dormida en las partes claves de la película y preguntándole ininteligiblemente qué pasó. El olor a especias en el aire.



Comparto esta receta que es tan especial para mí como una manera de agradecerles y de agradecer al universo por la felicidad que he sentido estos últimos días, desde la publicación de La Marmita Encantada, por la increíble bienvenida al mundo que le han dado. Gracias por acudir siempre a mi mesa.




Marzipanstollen

Rinde 3 stollen

El día anterior, prepara el mazapán y reposa las pasas.

Si quieres hacer tu propia azúcar impalpable, licúa una taza de azúcar con 1/2 cdta. de maicena, licuando el tiempo necesario hasta que se sienta muy fina entre tus dedos. Espera a que la nube de azúcar baje antes de abrir la tapa de la licuadora.

Mazapán:
2 tazas de almendras peladas
1 1/4 taza de azúcar impalpable (y adicional para amasar)
2 o 3 cdas. de agua de rosas (o de infusión de piel de naranja)

Licúa las almendras (preferiblemente en dos partes). Colócalas en una sartén de fondo grueso, junto con el azúcar impalpable. Remueve y añade el agua de rosas o la infusión de cáscara de naranja. Entibia a fuego bajo, removiendo con una cuchara de madera. Apenas esté tibio, vierte en una mesa de trabajo y amasa, espolvoreando más azúcar impalpable si es necesario. Forma un cilindro, envuélvelo en papel manteca y déjalo reposar una noche, a temperatura ambiente.

1 taza de pasas rubias picadas
1/4 de taza de ron o pisco

Reposa las pasas en el licor durante una noche.


Esponja:
2 cdas. (25 g) de levadura fresca
1/2 taza de leche fresca tibia
1 cda. de azúcar rubia
50 g de harina sin preparar

Disuelve la levadura en la leche. Añade el azúcar y mezcla. Rocía la harina, incorpora. Deja reposar 30 minutos.

Masa:
1 huevo
1/2 taza de leche fresca tibia
3 tazas (360 g) de harina sin preparar
120 g de mantequilla con sal en cubos, a temperatura ambiente
50 g de azúcar rubia
1 limón Tahití o 2 limones Pica
50 g de almendras tostadas, en rodajas
1 cdta. de canela
1/2 cdta. de nuez moscada
1/2 cdta. de semillas de cardamomo, tostadas y picadas
2 1/2 cdas. de limón confitado, picado


Montaje:
Mazapán
80 g de mantequilla
1/2 a 1 tz. de azúcar impalpable

Precalienta el horno a 180ºC.
Mezcla el huevo con la leche tibia.
Pon el harina sobre la mesa, formando un volcán. En el centro pon la esponja (la mezcla de levadura). Alrededor coloca la mantequilla en cubos, el azúcar y la mezcla de huevo y leche. Integra, usando primero las puntas de los dedos. Amasa sobre una superficie ligeramente enharinada, y añade harina de a pocos si es necesario. Una vez que la masa esté lisa y regrese cuando se presiona ligeramente con el dedo, estírala con las manos. Espolvorea sobre la masa las pasas, las almendras, el limón confitado, las especias y la ralladura de limón. Envuelve la masa sobre los ingredientes y amasa nuevamente, sobre la superficie enharinada, para incorporar todo. Separa la masa en tres partes iguales y estíralas formando tres cuadrados de dos centímetros de espesor. Al centro de cada cuadrado coloca un cilindro de mazapán de unos 3 centímetros de diámetro, y que sea 2 centímetros más corto que los extremos del cuadrado. Dobla el lado derecho sobre el mazapán y luego el lado izquierdo, asegurándose que traslapen bien, de modo que parezca un bebé envuelto en una mantita. Deja levar 15 minutos; no más, ya que no queremos una masa inflada y ligera.
(Si te ha sobrado mazapán, envuélvelo bien en papel manteca y film y refrigéralo.)

Hornea los stollen entre 30 y 40 minutos. Cuando estén dorados, retíralos del horno e inmediatamente frótalos con mantequilla. Rocía azúcar impalpable sobre la mantequilla derretida y presiona delicadamente con los dedos para que formen una pastita. Deja enfriar completamente antes de servir. Sirve cortado en rodajas.

El stollen envuelto en film se conserva muy bien durante varios días, y con el tiempo se acentúa su sabor.


Calienta solo hasta que la mezcla esté tibia.

Cuando la mezcla se ha formado en grumos, ya está lista; cuando la amases quedará homogénea.


Como esto.

Forma un rollo con el mazapán; si se separa, presiónalo con las manos. Envuélvelo bien y deja que repose. 

Amasa hasta que la masa esté lustrosa y resiliente.

Añade los tesoros que le darán un aroma primigenio. 

Vuelve a amasar, añadiendo la harina necesaria.

Divide la masa, estírala en rectángulos y divide el mazapán. Es posible que te sobre un poco.

Forma rollitos más delgados con el mazapán. No deben llegar hasta el borde de la masa.

Arropa el mazapán como si fuera un bebé en una mantita.


Holandesas, para esperar la Navidad


Hoy el libro en el que he puesto todo el corazón este último año y medio, junto con mi querida amiga Julia Bochanneck, se presentará en mi ciudad natal. Para celebrarlo, les contaré una historia de amor y compartiré con ustedes una de las recetas más especiales que aparecen en La Marmita Encantada.

 

La felicidad me sorprendió hace catorce años, en esta precisa época del año. Un chico se instaló gradualmente en mi corazón; un chico que me quería con pasión y determinación. Pero sobre todo, y esto fue lo que más me sorprendió de la particular, longeva felicidad que conocí con él, fue que era un experto en en las artes del hogar. Una de nuestras primeras citas consistió en hacer una casita de jengibre, siguiendo las instrucciones del antiguo recetario de su madre. Terminamos de armarla a las dos de la mañana, lo cual resultó en la primera entrada de esta bitácora. Al día siguiente fue a buscarme con unas cuantas cajas de galletas especiadas, ya que empezaba Adviento, que en su familia alemana y luterana se celebró toda su vida con entrega total. Y yo, que me había resignado a estar salpicada de la compañía eventual de hombres egoístas, no podía creer que este chico tendía su cama a la perfección, sabía dónde vendían los mejores pretzels de la ciudad (y hacía el desvío para llevármelos), era el encargado en su casa de preparar el ganso, o el jamón glaseado, o el animal que fuera para Navidad, y cantaba las canciones que cantan los alemanes los cuatro domingos de Adviento. Que son distintas a las que se cantan en Navidad. Que también se sabia.

Yo, cómo explicarlo, no tenía idea de que eso que mi corazón añoraba era posible. Poco después el chico, con la misma pasión y determinación, me dijo que era hora de vivir juntos. Después de un tiempo me pidió la mano, con una rodilla hincada como un personaje de ficción. Mi esposo me permitió descubrir esa vida que siempre temí estaba más allá de mi alcance, una vida de felicidad doméstica pero no por eso menos intensa. Una vida intensamente doméstica. Por eso, cada vez que empieza el ritual de la espera de la Navidad, de preparar galletas especiadas y casitas de jengibre y hacer una corona de ramas siemprevivas y prender cada vez una vela más, para mí se enciende la alegría doble de estar trabajando activamente para que nuestra casa sea un espacio de luz y de recordar que fue en este contexto en el que mi hombre se instaló, definitivamente, en mi corazón. Y se enciende una consciencia primigenia, entre el olor del pino y el ciprés, la familia trabajando junta entre frascos de harina y azúcar, las botellitas de especias de mi suegra, la luz de las velas.

Ese libro alemán de su mamá ahora vive entre mis otros libros de cocina, y he aprendido suficientes palabras de ese hermoso idioma preciso como para lograr seguir una receta. Desde hace varios años, cada diciembre preparo estas galletas, que antes hacía mi suegra, Anna María. Hoy las comparto con ustedes. Podrán encontrar esta receta, junto con muchos otros hechizos, en mi libro La Marmita Encantada, que es un vistazo, bajo la mirada atenta de Julia Bochanneck, a lo que es nuestra vida en una casita en los Andes, en la que todo gira en torno a la mesa, la hornilla, el horno, los frascos de ingredientes, las especias profundas con las que hacemos las galletas con las que se espera la Navidad.




La Marmita Encantada
se presenta esta noche a las 8 p.m. en la Feria del Libro Ricardo Palma.
¡Ahí nos vemos!


Las fotos de este post son de Julia Bochanneck


Holandesas

Rinde unas 30 galletas

Ingredientes:
200 g harina sin preparar
50 g sémola
½ cdta. cremor tártaro
¼ cdta. bicarbonato de soda
1 cdta. canela molida
1 pizca de nuez moscada
125 g azúcar rubia
50 g almendras, o castaña peruana
1 huevo
125 g mantequilla fría
200 g chocolate (de 60% o más)


Tuesta la mitad de las almendras o castañas peruanas. Pica las castañas tostadas y también las que no están tostadas.
En un tazón de la batidora, usando un batidor de mano, mezcla la harina, la sémola, el cremor tártaro, el bicarbonato, la canela, la nuez moscada y el azúcar. (En lugar de cremor tártaro + bicarbonato, puedes usar ¾ cdta. de polvo de hornear.) Añade las almendras o castañas y mezcla. Añade el huevo y bate a velocidad baja hasta integrar. Añade la mantequilla bien fría, en hojuelas. Bate a velocidad mínima. Humedece tu superficie de trabajo y coloca encima un pedazo de film. (Si usas papel manteca, no humedezcas la mesa.) Con una espátula, vierte la masa sobre el film o papel manteca. Forma con las manos un rollo bien compacto de unos 4 cm. de diámetro. Envuélvelo firmemente en el film o papel manteca. Lleva el rollo al congelador durante 20 minutos o a la refrigeradora durante una hora como mínimo.
Precalienta el horno a 180ºC. Cubre una lata para hornear con un mat de silicona o con papel manteca. Corta rodajas de 4 mm y colócalas sobre la lata para hornear, dejando unos 3 cm. entre galletas. Hornea durante unos 10 minutos, hasta que los bordes estén dorados. Deja enfriar. Mientras tanto, coloca film sobre tu mesa de trabajo y una rejilla encima.
Pon agua caliente en una ollita. Coloca dos tercios de la cobertura en un tazón que quepa sobre la ollita. Derrite a fuego bajo, removiendo con cuidado con una espátula pequeña. Cuando el chocolate se haya derretido, retira el tazón de la ollita. Añade el resto de la cobertura y mezcla con la espátula hasta que se haya derretido por completo. Hunde cada galleta hasta la mitad en la cobertura y colócalas sobre una rejilla hasta que el chocolate se seque. Sirve inmediatamente, o guarda en un frasco bien cerrado, hasta una semana.


Parfait de yogurt con ciruelas, y un libro mágico



Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Es mi dicho predilecto, casi mi mantra; por demasiado tiempo he dejado de hacer cosas por el terror de que no sean perfectas a los ojos de literalmente todas las personas que conozco. Es un miedo paralizante, del cual me deshago poco a poco y sin ninguna pena. Alguna vez leí que no es trabajo del artista juzgar lo que hace; su trabajo es crear. Y así, ando por la vida creando y compartiendo lo que creo, como si me importara un rábano que sea totalmente posible que a muchos les parezca pésimo o en todo caso excusa para el idiosincrático raje peruano. Siento que soy increíblemente descarada, porque me atrevo a convocar a personas increíblemente talentosas para mis sueños, porque me atrevo a escribir lo que realmente pienso y siento en este espacio, porque hace casi un año me atreví a llevar un proyecto a una editorial internacional. El truco está, verán, en actuar frente a mí misma como si no me diera ningún miedo. Como si no tuviera pánico de que todo el mundo no considere perfecto lo que hago. Porque el pánico de que se me acabe la vida antes de sacar de adentro todo lo que tengo para dar es aún mayor.



Lo cual es una forma enrevesada de contarles que este 2 de diciembre a las 8 p.m. en la Feria del Libro Ricardo Palma, en Miraflores, Lima, se presentará el libro que hice junto con mi concuñada y amiga Julia Bochanneck. La Marmita Encantada nació de un correo que me envió Julia (quien es muniquense) desde Zúrich, donde vive, contándome que necesitaba un descanso mental y emocional de su exigente trabajo como directora creativa en agencias de publicidad, y si no quería hacer un libro de cocina con ella. No pudo elegir mejor momento; me sentía absolutamente incomprendida y descorazonada, y le respondí un contundente sí. Yo tenía ya dos libros en proceso y en la cabeza, pero decidí ponerlos en pausa mientras me embarcaba en este proyecto. Durante las mañanas, en las que coincidían nuestros husos horarios, nos mandábamos correos, hacíamos moodboards, conversábamos de lo que teníamos en mente, definíamos la lista de recetas. Y así, un tiempo después llegó Julia a los Andes con la vajilla de su abuela en la maleta, y durante un mes documentó nuestra vida aquí en un centro poblado en el Valle Sagrado de los Incas, desde el desayuno hasta la cena, desde las conservas con las que intento detener el tiempo hasta los pasteles para todas las celebraciones de nuestro calendario. Fotografió las preparaciones pero también el contexto y a mi familia, cada uno un personaje más particular y entrañable que el otro, y elaboró un universo visual en base a nuestras conversaciones y a mis obsesiones. Luego volvió a empacar la vajilla de la abuela, regresó a Zúrich y seguimos trabajando en el libro, cada una desde su hemisferio. Unos meses después mi adorado Arturo Higa me ordenó que le lleve el proyecto a nuestro amigo Jerónimo Pimentel, un escritor al que admiro enormemente, quien es editor literario de la sede peruana del grupo editorial Penguin Random House. Así que actué como si no me diera pánico, armé la carpeta y entré en ese edificio de ascensores sin botones, como en un libro de Asimov. El entusiasmo de Jerónimo por el libro fue inmediato, para mi sorpresa y alegría. Así que eso ha reforzado mi convicción en que debo seguir creando y compartiendo sin escuchar a las voces en mi cabeza que me critican peor que una rival romántica.



Y así llegamos a hoy, cuando faltan solo un par de semanas para la presentación. He decidido celebrarlo compartiendo con ustedes una receta de mermelada de ciruelas (ciruelos, les dicen aquí) y una manera de convertirla con extrema facilidad en un postre o desayuno hermoso y exquisito. Por aquí las ciruelas están en temporada, y las que usé para esta mermelada han crecido en arbolitos de huerta aquí en el valle. Saber hacer mermelada es una habilidad que encuentro esencial que todo humano desarrolle; así evitamos que se malogren las frutas y tenemos siempre a mano un elemento que puede transformar incluso un plato de avena cruda con leche en un alimento inspirador. Quien me enseñó a hacer mermelada es mi Nonna Nina. De niña me encantaba ir a visitarla; estaba siempre tejiendo chompas, chalinas y ropones, haciendo tapetitos y biquinis de crochet (eran los '80) o preparando alguna delicia. Ella fue quien me enseñó tres capacidades invalorables: a enrollar gnocchi, a jugar solitario y a hacer mermelada.





El yogurt de estilo griego que he usado merece un párrafo aparte. Lo hace Dusan Luksic en el Fundo Orccococha, aquí cerca en Rumira; es una granja biodinámica que maneja con enorme esfuerzo y dedicación. Es cremoso, espeso, con la dulzura natural de la leche de su vaca feliz. Leí hace poco que el yogurt griego es bueno para mantener el equilibrio emocional, así que doble motivo para usarlo hoy, que ando con resaca post-proyecto. La ralladura de limón que corona este postre es imprescindible; algo en el aroma hace que el sabor de las ciruelas crezca y se redondee. Y el juego de estos tres colores es sublime.


Por cierto, hoy lo bueno le ganó a lo perfecto. La batería de mi cámara de fotos se ha malogrado al parecer, y he tenido que usar mi celular para tomar las fotos. La perspectiva se deformaba, la composición se me complicaba, tuve que olvidarme de la profundidad de campo. Pero no quería dejar de llevar a cabo mi plan de hoy, que era escribir esta entrada, compartir una receta, comunicarles el nacimiento de La Marmita Encantada. Así que, aquí vamos, que la vida se nos escapa en cualquier momento y todavía queda mucho por hacer. Esta entrada no es perfecta, pero qué importa eso cuando hay un parfait.

Nótese la manita de cierto pequeño ladrón de ciruelas


Parfait de Yogurt Cremoso y Mermelada de Ciruelas


(para 4-6 personas)

1 l. de yogurt cremoso de estilo griego
Mermelada de ciruelas
Ralladura de 1 limón

Para la mermelada:
1 k de ciruelas
600 g de azúcar rubia
1 chorro de extracto de vainilla natural

Despepa y corta las ciruelas. Colócalas en una olla, cúbrelas con el azúcar y échales un chorro de extracto de vainilla. Remueve y deja reposar hasta el día siguiente.
Esteriliza un frasco de medio litro o varios frascos pequeños, hundiéndolos en un tazón con agua recién hervida, usando tenazas. Esteriliza las tapas de la misma manera. Coloca los frascos sobre papel cocina.
Cocina la mermelada a fuego medio. Cuando suba a la superficie una espuma marrón, retírala con un coladorcito. Remueve a cada tanto con una cuchara de madera. Cuando la mermelada suba, baja el fuego para que no se rebalse. Continúa cocinando y ocasionalmente removiendo hasta que al levantar la cuchara la mermelada caiga lenta y espesa. Para constatar si está lista, pon un poquito en un plato de loza, llévala un par de minutos al congelador y empújala con el dedo. Si se arruga, está lista. Si se cocina demasiado, suéltala con un chorrito de agua recién hervida. Retira del fuego y viértela en el frasco o frascos usando un cucharón o taza medidora con pico. Ten cuidado ya que estará muy, muy caliente. Cierra la tapa, ajustando fuerte; para no quemarte, coge el frasco con un secador bien seco. Coloca el frasco boca abajo hasta que esté totalmente frío; así se esterilizará. Luego ponlo boca arriba.

Para armar el parfait:
Distribuye el yogurt en copas. Pon un par de buenas cucharadas de mermelada sobre el yogurt y ralla el limón directamente sobre la mermelada, para que los aceites aromáticos de la cáscara caigan sobre la copa.
Sirve inmediatamente y sé muy feliz.

Nos vemos el 2 de diciembre en el Parque Salazar! En la mesa estaré en espléndida compañía; Julia, Jerónimo y yo estaremos acompañados por las grandes Karissa Becerra y Mariana de Althaus.